Mascafierros por nombre
Chata, completamente chata le quedó la nariz al Juan con el guamazo que le atoró. Y es que por más se quiera y más mañas que se tengan, esta cabrón, que el más grande y ponchado, por no decir méndigo y ventajoso del internado, te agarre a la malagueña y te conecte un par de madrazos que te obliguen a decir sí, aunque quieras decir no, al contrario de las damas a la hora de la hora. Y todo porque se negó al inicio, a cooperar para una cheve.
Mascafierros por nombre y Ponciano Cardozo su apodo. Con él, andar bien alineadito, por el contrario, así te iba. El bachillerato sus reales, el máximo nivel en esa escuela lejana de todo, ese colegio perdido, ese reclusorio para familias, ejem, insolventes económicamente, como dice el laureado director, jodidos, como decimos nosotros.
-¿No se te antoja un cigarrito?- le susurré al mascafierros mientras me le aproximaba cauteloso, no, si el miedo no anda en burro.
-¿a poco trais?- me contestó retador.
-No, pero los compramos- le dije ya muy seguro de mí.
-¡Juega!- su respuesta ya en tono amistoso.
Estrategia pura. Que necesidad tengo yo que al rato me la haga de tos como al Juan, mejor me adelanto, por las buenas no hay fijón. Además cuando estás más abajo –de grado y de tamaño- de alguna forma le tienes que hacer para sobrevivir.
-¡Qué paso mi Áles!- me dijo el grandulón acercándose, al día siguiente.
-¡Aquí nomás masca, ahí tengo otros dos tafiros, luego nos los echamos!- Le dije y pensé, nos los echamos, y ya me lo eché a la bolsa, me agarró cariño, o ya de a perdis le caí bien. A la otra una soda para el Ponce y con la espalda cubierta a darle que es mole de olla.
Me había escapado hasta ahora, de las novatadas, pero ya me lo habían sentenciado.
-A los nuevos su pelada, y ni te pongas rebelde por qué así te va!- me gritaron desde el grupito encargado de que el ritual para recibir a los de nuevo ingreso, se continuara perpetuando. No vaya a ser que las tradiciones y costumbres, se pierdan, imagínense, ¡No lo quiera Dios! qué perdida de cultura, qué pérdida de identidad, ¡que pérdida de su chingada madre!
¿Su pelada? a mí, me la pelan, nomás pensé, no vaya a ser que me la hagan buena.
-¡De uno por uno!- Les conteste yo muy salsa.
-¡De uno por uno te ponemos en tu madre! Me advirtieron amablemente que no era buena idea andar de picosito.
-¡¿Cómo la ves?!- me increparon por si me quedaban dudas.
-Noo, digo, háblenme de uno por uno si no, no les entiendo.- Mi graciosa y ágil salida, producto de mi habilidad negociadora. No, si el andar del tingo al tango, de un lugar a otro, cuando eres un mocoso, le proporciona a uno capacidades de sobre vivencia, dignas de los Andes.
-¡Hasta chistoso el güey¡- Bueno, mejor pasar por comediante que por ínclito ejecutivo de relaciones públicas y lo mejor, que por un niño humillado, zarandeado y golpeado, aunque las heridas del orgullo, sean más que el ardor del rabo. Y vaya que se siente que te quemas por dentro.
El caso es que ya llevábamos tres meses de clases y sólo faltábamos algunos de la consabida broma. A Muñoz todavía le ardía el tiliche cuando hacía pipi. Y es que en vez de pájaro, le quedó un murciélago después de la bautizada que le dieron.
Ese día le llevaba unos libros de literatura al profe de la materia idem, el Licenciado en Letras Aparicio de la Rosa Bermúdez, si alguien lo buscaba así, chin si daban con él, pero preguntando por el chágache, todo el mundo daba referencias, y es que era clásico:
-¡Chágache, chágache del salón!- decía cuando le entraba el coraje y la muina y corría a algún despistado o maldoso del salón. Y es que el vejete ya estaba viviendo horas extras. Imagínense lo amable, cariñoso, tolerante y buen catedrático que era: -¡Chágache cabrón muchacho pendejo!- Además de contar con un lenguaje florido por supuesto.
Total que ahí voy yo, feliz y contento sin que nadie me dijera nada, cargando los papeles del maistro. Es impresionante la ley de Gravedad, y los efectos que puede ocasionar una simple baldosa fuera de su lugar. Además, un metro setenta de altura no es tanto, pero se convierte en una distancia endiablada para tu rostro cuando un par de cábulas, te persiguen para raparte la cabeza, y los dos centímetros de la canija baldosa se insertan en la suela de tu zapato, ocasionando que pierdas la forma, el estilo, la dignidad, y lo más grave, la vertical y dos dientes, y hagan que te poses grácilmente en el piso sin que ningún obstáculo, ni manos ni nada, impida que tu cara trate de impresionar al concreto duro, sólido y rasposo, partiéndote toda, toda la madre.
-¡Yá parate, ni te pasó nada! Y efectivamente no me pasó nada, más que un colosal chipote, una dentadura hueca y despostillada y un cachete convertido en muestra geológica de tanta piedra incrustada.
-¡ya estuvo! ¿no?- les dije.
-¡Noo, cual ya estuvo, si faltas tu de raparte, esos bucles no te sientan bien, Además mira ¡sin temor a los piojos!-
-No si no les tengo miedo, lo que pasa es que si de por sí estoy orejón, imagínenme afeitado-
En fin que mientras los acomedidos compañeros trataban de convencerme -para no hacer una demostración de violencia intraescolar- de las bondades y economías de una cabeza rasurada y de le eficiencia y el filo de unas tijeras, se va apareciendo el mascafierros, que iba muy quitado de la pena silbando la marsellesa.
Unas patadas voladoras y unos carajazos bien plantados a los neófitos peluqueros, me hicieron ver que el gandalla no lo era tanto, y que aún hay lugar para la lealtad y el agradecimiento.
-¡¿qué se tráin méndigos con el Alejandro?! ¡Lo que quieran con el, conmigo cabrones! ¡Cuidadito le toquen un pelo, porque así les va, hijos de Susana, de susana babitch!-
-No, pus ya estuvo- atinaron a responder.
Y ahí estoy yo muy envalentonado -¡Ora si se les apareció el diablo, cabrones!-
Muy sacalepuntas,
-no hay bronca, ya pásaste tu examen pues, exentado- alcanzaron a decirme los antes brabucones.
-No, pos gracias mi Ponce, ¿no quieres otro cigarrito?-
-¡Nos lo echamos!
Total que a fin de cuentas, el mascafierros me hizo la balona y aquellos ¡me la pelaron porque no me la pelaron!

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